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viernes 29 agosto 2008
Municipio de Mahón, Menorca![]() ![]() ![]() En el último cuarto de siglo, Maó ha vivido una serie de mejoras a nivel urbanístico que han remozado la ciudad. De todas ellas, la restauración de numerosos edificios públicos y privados merece sin duda la calificación más alta. Maó se ha reconciliado con su historia y la brinda con justificado orgullo a sus visitantes. Apenas inaugurado el tercer milenio de nuestra era, vuelven a brillar con fuerza las obras que marcaron su crecimiento a partir del s. XVIII, adaptadas con naturalidad a los nuevos tiempos, recuperando su importancia en la urbe modernizada. Del Maó anterior a la conquista catalano-aragonesa apenas han sobrevivido las referencias puntuales que encontramos en libros y museos. Entre aquella fecha de 1287, en que Alfons III decide la consolidación de la fortificación existente, y la entrada de Barbarroja en 1535, se había producido una expansión en el núcleo medieval que obligó a trasladar las defensas a una segunda muralla; después del 1600 se traspasaría también esta frontera. Pero fue la dominación británica, al imponer su capitalidad, la que generó muchas de las transformaciones que aún la identifican, un par de siglos después. En cualquier ruta urbana que emprendamos, tropezaremos inevitablemente con las huellas de aquel tiempo. Un buen comienzo sería situarse en el Pla del Monestir, para visitar la iglesia y el claustro de Sant Francesc, que hoy alberga el Museu de Menorca (ver págs. 42 a 45). Primero fue el convento, y la iglesia se construyó a lo largo de todo el XVIII, lo que explicaría la decoración barroca de ésta sobre un planteamiento gótico desfasado, útil sin embargo para edificar por etapas. Una vez se han visto la arquitectura y los contenidos, es recomendable darse una vuelta por el remodelado exterior para contemplar desde allí el puerto, motor de las transformaciones a que antes se aludía, y el barrio de Dalt Vilanova a poniente. Desde allí, se seguirá por la calle Isabel II, la de las casas señoriales y las tribunas colgantes (el paisaje que domina el muelle de Levante), la de Cas General, la residencia que escogió Kane y que se ha perpetuado como sede del gobierno militar. Termina en el convento de las Concepcionistas, al que sigue el Ajuntament de fachada neoclásica. Para verla de frente hay que entrar en el Pla de sa Parròquia, plaza de la Constitución. Este espacio, raptado a diario por los vehículos que hay que aparcar en algún lado, espera las fiestas para vivir horas tan aturdidoras como las de sufrir tráfico, pero mucho más vibrantes. La casa consistorial comparte la plaza con el Principal de Guàrdia, edificio de origen militar, y la iglesia de Santa Maria, construida a partir de 1848 donde ya había existido con igual titularidad la que ordenó alzar Alfons III. En su exterior, sólo el campanario, levantado un siglo más tarde, rompe un poco la pesadez de un conjunto desmesurado, pero su interior se embellece con la aportación angélica del monumental órgano. Fabricado por los maestros alemanes Otter y Kirburz y dotado de 3210 tubos y cuatro teclados, encandila a quienes acuden a oír los conciertos a cargo de reputados intérpretes internacionales; cabe considerarlo como una de las causas de la melomanía militante tan extendida entre los maoneses. Al otro lado de Santa Maria está la Plaça de la Conquesta, a la que se accede por el estrecho callejón dedicado a... Alfons III, que en la plaza tiene además monumento con su efigie. Tanta redundancia es casi inevitable en el mismo corazón del castell, de la fortaleza que rindieron los musulmanes y que generó el Maó medieval. El palacio de Can Mercadal, convertido en Biblioteca Pública, y el mirador que hay más allá de este edificio, justifican visitar el conjunto. Al salir de la plaza por la esquina contraria a la que sirvió de entrada, aparece la Costa de ses Voltes, principal acceso a la ciudad desde el mar. Desde aquí es un paseo en cascada que se derrama hacia los muelles, un parque-archipiélago de islas vegetales que habrían surgido entre los meandros del rio gris de asfalto. Para quien ha de subir los sucesivos tramos de escalera el punto de vista cambia. Impresionan el desnivel y las paredes del acantilado, y el concepto mismo del proyecto original (1951, Josep Claret), pero las últimas intervenciones en este espacio –conocido también como Parc Rochina–, han moderado el efecto intimidatorio. Los edificios que miran a este jardín, la casa Mir, de inspiración modernista, y la Peixeteria, el funcional mercado de pescado, son obra del arquitecto Francesc Femenías. Autor durante la primera mitad del siglo XX de numerosas casas singulares, almacenes, fábricas, dirigió asimismo, desde su cargo de arquitecto municipal, obras públicas significativas. Dejando para un recorrido monográfico la visita del puerto, la siguiente etapa ha de ser, por proximidad, el conjunto de El Carme. El convento que albergó a la orden de los carmelitas, que más tarde fue palacio de justicia y prisión, se ha transformado en una serie de espacios para uso cultural, entre ellos el que muestra los fondos de la Fundació Hernández Mora. En el claustro se ha consolidado la presencia del mercado de carnes, frutas y verduras, que ya llevaba más de un siglo ocupando este recinto, y bajo el patio central se ha creado un nuevo espacio comercial comunicado con el aparcamiento subterráneo de la plaza Miranda. En dicha plaza se tiene otro estupendo mirador sobre el puerto, y por la vecina plaza del Príncep y la calle Anunciavay se puede acceder al centro peatonal que incluye las calles S’Arravaleta y Nou, las cuestas de Deià y Hannover (Costa de sa Plaça) y la plaza Colón, con las callecitas que de ella irradian. Este conjunto, escenario de la actividad comercial, permite deducir por el movimiento que registra, la marcha de la temporada turística. A poco de entrar en la cuesta Deià se encuentra la puerta-pasaje al Parc des Freginal, zona verde con ajardinamiento moderno que recicla su antigua división en huertos comunales. Culmina dicha calle Deià en el Teatre Principal, estrenado para acoger representaciones de ópera en 1829 (es más antiguo incluso que el Liceu de Barcelona), y otro puntal de la afición ciudadana por el teatro y la música. A poca distancia, en la plaza Bastió, las torres del Arc de Sant Roc son el último testimonio en pie del segundo anillo de murallas. Pero hay que reconducir el recorrido situándose en otra calle de honda raigambre, la del Doctor Orfila o Carrer de ses Moreres, de la que a su vez parten la calle Cifuentes y la del Cós de Gràcia. En ésta última, antiguo camino a la ermita de la Verge de Gràcia, patrona de la ciudad, se celebran las vistosas competiciones ecuestres de las fiestas. Uno de los edificios notables del Cós es la iglesia de la Concepció, erigida como templo ortodoxo por la colonia griega que llegó a la ciudad... en el siglo XVIII; si se tiene en cuenta que también existió una sinagoga judía y que los otros grandes templos son de la misma época, se deduce que la prosperidad era notable y que la abolición de la Inquisición por parte de Kane dió lugar a una libertad de cultos muy competida. Se ha citado antes la calle Cifuentes: en ella está el Ateneo Científico, Literario y Artístico, sociedad que sigue alimentando múltiples actividades culturales y que tutela en su local una notable colección de algas y fósiles. S’Esplanada puede cerrar este circuito básico por la ciudad histórica... de la misma manera que podría ser punto de partida, en su calidad de kilómetro cero de las comunicaciones de Maó con el resto de la isla. Los autobuses tienen estación central nueva donde antes estuvieron los cuarteles británicos y en la que fue plaza de armas revolotean palomas. Los jóvenes se citan, los mayores pasean, el mercadillo de ropa y artesanía convoca multitudes dos veces por semana... A pesar de que aquí también se han reordenado los usos y los espacios con obras puntuales, las energías que genera siguen alimentando la vida ciudadana. Buen lugar para descansar los pies y digerir el recorrido. Y para seguir, luego, adelante. Porque lo reseñado hasta aquí no cierra el catálogo de puntos de interés. Calles como S’Arraval, Camí des Castell, Gràcia o San Fernando, son ejes de otras posibles rutas a descubrir; en el límite con el polígono industrial un espacio moderno, lúdico y didáctico, el Parc Rubió i Tudurí, ilustra sobre la flora autóctona... así que en función del tiempo de que dispongan, no dejen de “perderse” en cualquier dirección, porque vale la pena. ![]() |