Menorca
sabado 22 noviembre 2008

Municipio de Ciudadela, Menorca

Menorca
Ciudadela, Menorca
Menorca

La “otra capital” de la isla es atractiva y vocacionalmente hospitalaria, a partes iguales. Cualidades que durante los días álgidos del calendario turístico la sitúan a un paso del desbordamiento. Calles y plazas se ven abarrotadas y en el puerto no bastan los amarres. Hay que esperar las horas en que las playas absorben el exceso de viandantes para admirar con tranquilidad lo que brinda el resto del año: serenidad de ciudad antigua, con mucha historia en sus calles y en la memoria pública. Es fácil adivinar el trazado de las antiguas murallas en el arco que dibujan actualmente tres paseos consecutivos (de la Constitució, de Jaume I y del Capità Negrete) y que popularmente se conoce como Sa Contramurada. Lo delimitan dos bastiones imponentes, sobre uno de ellos se alza el Ayuntamiento –que antes fue alcazaba, durante el dominio musulmán– y en el otro se ha instalado el Museu Bastió de sa Font (ver pág. 149)–; dominan el puerto y su prolongación, el Pla de Sant Joan, escenario de los juegos ecuestres que se celebran durante las fiestas (ver págs. 150-151). La ciudad medieval, dentro de dichos límites, atesora numerosos edificios de interès. Su columna vertebral va desde la plaza Alfons III a la de Es Born. Hasta llegar a la plaça Nova recibe el nombre de Camí de Maó, como la antigua vía de entrada a la ciudad, hoy sustituida por la carretera general. Después se convierte en Ses Voltes (calle Josep Mª Quadrado), cuya estrecha calzada discurre entre los soportales abovedados de las casas. La armónica sucesión de arcos sólo se rompe en el breve ensanchamiento de Sa plaça Vella, donde puede verse una representación en bronce del emblemático Be de Sant Joan (delicada escultura-miniatura de Matías Quetglas). Esto ocurre a espaldas de la iglesia catedral, piedra en la que convergen religiosidad y consciencia ciudadana, como real y simbólico centro que es de esta geografía. Sin ser más alto que otros edificios urbanos, el de la Seu impresiona al observador a causa de su situación y a que el espacio despejado alrededor realza unas dimensiones contundentes. Esta iglesia de Santa Maria se levantó en el siglo XIV en el emplazamiento de la antigua mezquita musulmana, que ya estaba adaptada al culto cristiano desde la llegada a la isla de Alfons III; fue consagrada catedral en 1795. Construida según los patrones del gótico catalán, consta de una única y amplia nave a la que van a dar varias capillas laterales. Ha sido reparada y reconstruida tantas veces que no es de extrañar que presente elementos barrocos, como la capilla de Ses Ànimes, o neoclásicos, como la fachada principal. Como templo principal de la ciudad ha vivido sus alegrías y sufrido sus tragedias: las hordas turcas de los pachás Mustafá y Pialí celebraron el saqueo de 1558, s’any de sa desgràcia, incendiando el recinto. En el Pla de la Seu también se alza el palau Olivar, que con su fachada adelantada parece custodiar el tránsito lógico hacia Es Born. Conviene, sin embargo, demorarlo y perderse antes por las callecitas aledañas. En la del Bisbe está el Palacio Episcopal, y en la contigua de Sant Sebastià el palau Squella, barroco, al gusto italiano del siglo XVIII; más allá, en la de Santa Clara, se encuentra el del Baró de Lloriac, el título más antiguo de la nobleza local, haciendo esquina con la calle Dormidor de ses Monges, donde está el convento de las monjas clarisas, ligado estrechamente a los avatares de la ciudad. Volviendo hacia Ses Voltes por la misma calle, se pasa entre la pequeña iglesia de Sant Josep y Can Salord, con la esquina recortada, seguramente para propiciar las entradas y salidas del templo. Al cruzar Ses Voltes, sufrido cauce para la corriente de transeúntes que nunca cesa, la calle toma el nombre de Bisbe Vila, pero es más popular el de carrer del Seminari, por estar aquí el convento agustino del Socors, de estilo renacentista y sede del seminario conciliar. Su claustro acoge el Festival de Música en las veladas veraniegas y también audiciones de la Capella Davídica, una institución en la que se han cultivado apreciadas voces. Antes, sin embargo, se habrá pasado frente a otra pequeña capilla, la del Sant Crist, y otro palau, el de la segunda rama de la casa Saura, ocupado ahora por unas oficinas bancarias. A espaldas del Socors, un espacio con vida propia: el del mercado, en la Plaça de la Llibertat, con una arquitectura –la del hierro, propiciada por los modernistas– que supone un salto de dos siglos en el panorama del entorno, pero que ya adquirió la solera necesaria para no resultar chocante. Más palaus en la calle del Santíssim, los de Saura y Martorell, y la iglesia del Roser –secularizada y con usos de centro cultural–, y más calles pequeñas, estrechas, que transmiten intimidad, sosiego. Hasta salir al Born, donde las mansiones Salord y Olivar, ya del XIX, subliman la intención de representatividad de estas viviendas – las casas de la nobleza–, cuya arquitectura más espectacular suele darse en las fachadas. El obelisco del Born puede verse como un índice que acusa, como una reclamación a las potencias celestiales por el abandono sufrido ante la calamidad. Pero el monumento, tributo a las víctimas del ataque turco, también hay que interpretarlo como afirmación de una grandeza a la que no se renuncia. Ciutadella de Menorca tiene muy presente su pasado y que el papel que le ha tocado representar no siempre ha sido amable. Que los ocupantes británicos le arrebataran la capitalidad, por ejemplo, no le impide conservar el orgullo que conllevaba ostentar el título. Frente a los palacios antes citados está el Ayuntamiento, y a un lado el Teatre des Born, junto al cual se tiene acceso al puerto por las escaleras de la Baixada Capllonch. Otra acceso es el de la Costa des Moll, que se abre entre esta plaza y la contigua Esplanada des Pins, otro escenario del solaz urbano. Si en lugar de bajar al puerto se recorre el Passeig de Sant Nicolau, se llega a la bocana y al mar abierto y al Passeig Marítim que resigue el perfil de Cala Degollador. En la plaza del almirante Farragut –ilustre marino estadounidense de ascendencia ciudadelana– se alza el Castell de Sant Nicolau, elegante construcción militar, propiamente una torre aislada, de la que sobresale una torreta adicional para montar las guardias. De planta octogonal y rodeada por un foso, contaba con piezas de artillería para contrarrestar los ataques por mar. Fue proyectada por ingenieros españoles a finales del siglo XVII para reemplazar otra anterior de la que procede el escudo que ostenta, con las armas de la Corona d’Aragó. Desde su reciente restauración puede visitarse gratuitamente. Digamos, por último, que el espíritu del verano se materializa cada año en Ciutadella al llegar las fiestas, por Sant Joan, poniendo al descubierto el corazón mediterráneo que late bajo su exterior venerable. Y no descansa hasta que los días vuelven a ser cortos. Como sea, hay que poblar las noches y ponerles música, desmentir la fama austera de ser ciudad de conventos. El puerto, por supuesto, se transmuta en zoco donde los noctámbulos intercambian propuestas de diversión, en pasarela de ilusiones.

Menorca
web Menorca